Capítulo 5
Luego del desastre en la Biblioteca Pública de Miami Beach y prófugo de las autoridades, el Dr. Klik recordó que el asesino de Gianni Versace estuvo varias noches oculto en un yate abandonado. A falta de una embarcación, pasó dos días escondido dentro de un canasto de basura en la 43th y Collins al lado de la parada de la L que va a Hialeah mientras la ciudad era un hervidero. Durante el obligado presidio fue picoteado por un par de cuervos.
El Dr. Klik no deseaba otra cosa más que un cafecito con leche y una tostada cubana de Munchies, pero no había tiempo para el placer. Por eso, cansado y perseguido por sus demonios (al Dr. Klik nunca lo verán vestido con moño), el domingo por la mañana, cruzó la bahía nadando.
No se percató que era día de competición de lanchas, y de casualidad no lo partieron al medio. Del otro lado, empapado y vivo de casualidad, se secó al sol como iguana mientras una avioneta surcaba un cielo sin nubes anunciando la presentación de DJ Hermes en el Ultra.
Unos obreros que estaban en el lugar haciendo unas reformas, hablaban de un viaje inmediato hacia Key West.
Si había un sueño que le faltaba realizar al Dr. Klik era visitar la casa de su escritor favorito Ernest Hemingway. Le hubiese gustado compartir noches de tabaco y ron pero el único consuelo que le quedaba era visitar su casa museo. Admira de Ernest, su aspecto recio y sus aventuras en África (El Dr. Klik no es capaz de matar a un pajarito). La fama, su relación de amistad con ciertas celebridades y claro, sus éxitos editoriales, hicieron de Hemingway, un héroe literario para el Dr.Klik que montado de incógnito en la caja del pick up, entre herramientas y tablas de madera, llegó a Key West seis horas mas tarde.
Debido a su dolencia en el ciático y a la dureza de la batea, el Dr. Klik quedó doblado en un ángulo de noventa grados sin poder recuperar la postura; es así, que unos jóvenes trataron de ayudarlo a cruzar la calle y una señora le ofreció su andador animal print con señal wifi.
Lo que parecía una vergüenza para el espíritu atlético del Dr. Klik, se convirtió en una ventaja cuando se dio cuenta que pagaba tarifa senior para entrar a la casa del escritor. Una vez adentro, fue recibido por un guía que bien podría ser el doble de Hemingway. De barba blanca, mentón cuadrado y mirada distante, el orientador vestía una hawaiana, bermudas cargo, medias de algodón y un par de New Balance blancas. El Dr. Klik, ni bien lo vio, lo abrazó y lo beso para luego pedirle un autógrafo, mientras el sorprendido y desorientado guia limpiaba su cara de asco los residuos babosos del alienado patafísico, autor de la Ecuación Literaria.
Después de semejante contra experiencia, camino solo alrededor de la casa construida de piedra colonial rodeada de jardines floridos y Palmeras de grueso tronco, para terminar rezando una plegaria por Sánchez en el cementerio de los gatos.
Unos minutos de silencio pasaron hasta que vio un altar en el centro del eden.
Ahi fue atraído con pasion por una jovencita de aspecto etéreo. Atortolado, le pidió la mano. La sutil muchacha, agradecida por tanta caballerosidad, supo disculparse mientras apuntaba con la vista a otra joven de brazos tatuados y corte de jugador de fútbol europeo que conversaba con un caballero de aspecto distinguido. El papelón, lo llevó a esconderse entre la gente y se perdió el cuento del “centavo y la piscina” pero poco le importó.
Minutos más tarde llegó al cuarto donde el genio había escrito la mayoría de sus grandes obras. Ahí, entre libros, máquinas de escribir, presas de caza y suaves cortinados de color pastel, convocó a la musa mientras respiraba profundo el aire de mar. Nada. Ni siquiera una idea por su cabeza. Esto preocupó sobremanera al Dr. Klik cuya imaginación no tiene límites y mientras intentaba algún pensamiento, acariciaba su mentón. Nada. Pensó que si leía algo en la librería activaría su ingenio.
Café de por medio se sentó bien cómodo en un sillón para leer el relato “La breve vida feliz de Francis Macomber”. Un cuento recomendado por Gabo en Aracataca (la foto de una gorra que dice I love DR. Klik, a la sombra de un bananero, es prueba de ello). La lectura del cuento indujo al Dr. Klik a un sueño ponzoñoso donde es perseguido por varios leones y su única protección es una escopeta que Hemingway le dio sin balas. Los ronquidos, que poco a poco se ajustaron a la categoría de sofocación, dieron paso a los gritos pelados.
—¡Ahí viene el león! ¡Ahí viene! ¡Mamita querida! ¿Dónde están las balas? ¿Dónde están? rugía el Dr. klik, mientras Hemingway, desde arriba de un árbol le disparaba con su rifle y gritaba
—¡Dale Mr. Klik! ¡Ahí van las balas! ¡Catch them if you can!
Los aterrados turistas no dudaron un instante y huyeron en estampida aventando a la madre de Hemingway, justo cuando El Dr. klik, que sufre de incontinencia intestinal, era trasladado de urgencia al baño. Un dependiente le ofreció un pamper y esto puso de mal humor al Dr. klik que no paraba de temblar. Otro empleado se apiadó y le preparó un té de tilo. El Dr. Klik se tomó toda la jarra hirviendo.
Después del escándalo, los trabajadores dieron por terminada las labores del día y se retiraron.
El Dr. Klik, que no tenía donde ir, pensó en camuflarse y pasar la noche en la mansión. Y así lo hizo, a pata ancha en la robusta cama de madera antigua y radiantes sábanas blancas, durmiendo con un ojo abierto por si aparecía el león o Hemingway.
Horas más tarde y en lo profundo del sopor un dependiente lo despabiló.
Lo primero que preguntó el Dr. Klik fue, donde servian el desayuno.

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