La piedrita
Klau Rynka
“Las piedras en el camino
no son piedras, son el camino”
Y un día apareció de la nada, como por generación espontánea (me gusta decir generación espontánea). Nunca supe con exactitud su ubicación; si era dentro de la media o entre el calcetín y el zapato. Lo cierto, es que la sentía en mi pie izquierdo, justo en la punta del dedo gordo. Recuerdo aquella jornada como si fuera hoy porque tan pronto gané la calle, se expresó con toda su mortificación. Al principio, me incomodó y lo único que pensé fue en deshacerme de ella. Probé de manera veloz; me quité el zapato, luego el calcetín, le di vuelta y lo sacudí. Después le tocó el turno al botin. Mientras me mantenía sobre la pierna derecha dando saltos, sacudía para un lado y para el otro el calzado frente a la mirada de los transeúntes que pensarían que estaba practicando un baile exótico. Pronto, traté con dificultad; ese impedimento que solo puede tener calzar un zapato en medio de la calle. Nada. Por un instante la piedrita dejó de manifestarse en el mundo de la materia y sentí un alivio solo comparable a esa felicidad que se consigue, cuando uno se quita de encima una piedrita del zapato. Pero la dicha duró poco, porque a partir de ese momento su martirio empezó a acompañarme día a día inclusive, hasta cuando cambiaba de medias o de calzado. Debo reconocer que ella cumplía con su trabajo al pie de esta letra y a veces admiraba su perseverancia, una tenacidad que no tengo.
Pasaron unos días y fui al doctor, quien me encontró de todo menos la piedrita. Eso sí, me recomendó un podólogo que me practicó una quiropodología y una ortopodología mecánica, pero de la piedrita, ni noticias. Harto, abandoné la medicina convencional para pasarme a las alternativas. Probé musicoterapia y lo único que logré es que la piedrita danzara entre los dedos. Otra opción fue un tratamiento cannábico. En una sesión, sentí que la piedrita crecía y crecía y crecía hasta convertirse en roca. Era inmensa. Tenía que levantar la vista para poder verla. Casi se me cae encima una vez. Por suerte la esquivé. En otra, la escuché hablar. — ¡Tengo hambre! —¡Tengo hambre! Repetía con voz de piedrita.
Una noche estaba borracho con un amigo en el balcón y no tuve peor idea que darle un martillazo al dedo gordo. El resultado, producto de mi estupidez, fue un mes enyesado y el traslado de la piedrita a otro dedo.
Con el paso del tiempo la piedrita fue minando mi voluntad. Desde que padecí tal molestia ella se fue convirtiendo en la excusa perfecta para dejar de hacer. Lo primero que hice fue dejar de escribir —¿Quién puede escribir con una piedrita en el zapato? —Pensé. Eso me llevó a dejar a mis amigos literarios y desaparecer antes de sufrir la humillación del fracaso. Yo, que estaba predestinado para el éxito según el horóscopo chino de mi amiga Ludovica, me había convertido en un fiasco. Tal el fraude, que en la última clase de Escritura no supe contestar de quién era la ley de acción y reacción, justo yo, que me jacto de estar enamorado de la ciencia y todo por la maldita piedrita.
Luego dejé de trabajar —¿Quién puede trabajar con semejante fastidio? Pedí un fondo de desempleo pero me lo negaron. En la columna de selección, las alternativas eran: Locura total o pasajera, trance chamánico, picadura de araña, ansiedad oral, disfunción eréctil, etcétera, etcétera, pero no había ninguna opción para la piedrita.
Otro día pedí una prórroga para el pago del alquiler y me rescindieron el contrato. En una de las cláusulas, a pie de página y en letra chica, no aceptaban inquilinos con piedritas en el zapato. Esa condición me trajo graves conflictos con mi esposa que me abandonó por otro inquilino que no llevaba piedritas en el zapato. —¿Quién puede soportar a un marido con una piedrita en el zapato? Fue lo último que le escuché decir.
Una noche me acordé de Dios y a la mañana siguiente fui a la iglesia. Después de rezar le supliqué. —¡Padre tengo una piedrita en el zapato! —¡Lo he perdido todo! —¡Ayudame! El cura me contestó igual que aquella vez mi papá —¡No me vengas con problemas!
Durante ese tiempo, en la calle, la gente murmuraba —¡Ahí va el hombre con la piedrita! —¡Si! —¡Ahí va! —¡Es ese! —¡Es ese!
Hace poco la piedrita desapareció por degeneración espontánea (me gusta decir degeneración espontánea) La extraño —¿Que voy a hacer ahora sin ella?

No hay comentarios:
Publicar un comentario