Adentro, El Betsy era un oasis en medio de la ciudad caliente como el infierno. El Dr. Klik lo sabía porque muchas veces había estado ahí, en el infierno. Enseguida un educado y amable bellman, se encargó de sus pertenencias. El Dr. Klik se acomodo sobre el mostrador. Mientras observaba a Frank, el empleado de la recepción, que estaba ocupado con una señora china que se quejaba porque nadie hablaba chino; le llamó la atención una foto que invitaba a conocer a un tal Rynka, ganador de un importante concurso de literatura. Sorprendido por el parecido, al menos en la foto, cuando un hombre de aspecto intelectual y aires de estrella de rock se acercó y colocó el pasaporte sobre el mostrador. El Dr. Klik corroboró enseguida que era el mismísimo Rynka, que impaciente porque nadie lo atendía, pidió por el baño en el mismo instante que Frank regresaba, mezclando español, chino e inglés. Frank tomó el pasaporte sobre el mostrador y le dijo al Dr. Klik:
—¡Bienvenido al Hotel Betsy Mr. Rynka! Su habitación; la del escritor, está lista.
El Dr. Klik escuchaba perplejo mientras le ofrecían una copa de bienvenida.
—Como es de su conocimiento, —continuó Frank —Usted es un invitado de la casa y no pagará absolutamente nada.
El Dr. klik ensayo una sonrisa nerviosa y dijo, —Thank you! para luego atragantarse con la copa y antes de que se dieran cuenta de la usurpación de identidad, recogió las llaves del cuarto, garabateo un papel y desapareció.
Una vez en la fresca y pequeña habitación del escritor cerca del lobby, cayó en la cuenta que se había convertido en un galardonado y recordó su primer poema “Oda al mar en un día nublado tomando mate con peperina” inspirado en momentos de angustia existencial y que tanto le había gustado a la viejita del tercero C, allá en El Abasto. En tanto se quitaba la ropa para darse una ducha y tomar una siesta reparadora, sonó el teléfono. —Hasta acá llegó la mentira. —dijo.
Por el contrario, el recepcionista le anunciaba que la máxima autoridad del Departamento de Arte y Literatura lo esperaba a las siete en el bar.
La atmósfera del lobby era volátil. Las tenues luces de las arañas que colgaban del techo, acariciaban las cortinas y el fino cuero de los sillones. El lento movimiento de los ventiladores era hipnótico y placentero mientras sobre el piano de cola negro, un músico ciego tecleaba con justa precisión, melodías clásicas. Mr. Jean le entregó un libro obsequio del difunto dueño del hotel devenido en poeta y una copia del cuento ganador para leerlo durante el evento. Lo que más le costó sostener al Dr. Klik durante la conversación era su nueva identidad. Pero como las grandes verdades nacen de una mentira, el Dr. Klik simuló hasta el final. Por un momento le pareció ver a Rynka por los pasillos del hotel. Con la excusa del cansancio, se retiró a sus aposentos.
En la habitación tomó el teléfono y llamó a su contacto en Miami.
—¡Hola Merlin, querido! ¿Cómo estás?
—¡Bien! ¿Ya estás en la ciudad? —le preguntó Merlín
—¡Si! y ¿No sabes lo que me paso? Bueno mejor dicho, lo que me está pasando —¿Qué te pasó? —le preguntó Merlín
—Te cuento. —dijo excitado el Dr. klik.
—Estoy en el Hotel Betsy por los próximos tres días. ¿Cuando yo iba a estar en el Betsy, Merlin? Lo más cómico es que se confundieron y creen que soy Rynka, el autor. Ahora estoy en el cuarto del escritor. El otro no se por donde anda. Todo empezó en el front desk cuando hacia la línea del check in y lo reconocí. Estaba al lado mío, muy cerca. Yo lo veía de perfil y corroboraba que yo no era yo, sino Yoko Ono, no no, perdón que digo, el de la foto. Yo me di cuenta Merlin, por que vi su retrato en la pared, ¿Entendes Merlin? Todo es una confusión ahora. Ni siquiera sé quién soy. Te decía que estábamos cerca en el mostrador y el empleado estaba complicado porque no hablaba chino y la china, lógico hablaba chino y como te iba diciendo, el verdadero Rynka, en un rapto que no se si llamarlo locura, pidió urgente el baño. Ahí mismo, el empleado, me hizo pasar tomando el pasaporte del afamado premio. Sé que no es justo Merlin pero te imaginarás que no puedo desperdiciar una oportunidad así. Esta es la mejor manera de presentar mi tesis literaria y además todo es gratis. ¡Te podes imaginar lo que es esto Merlin! Mañana te espero por acá. No me falles querido. El evento es a las cinco de la tarde, pero no le cuentes a nadie lo que te conté, por favor. ¡Ah! No te olvides de invitar a todos tus amigos literarios, porque va estar la creme de la creme.
Por la noche una comisión de autores clásicos visitaron al Dr. Klik durante el sueño. Estaban Borges, Cortazar, Marquez. Poe, Kafka, Quiroga, Imbert y se escuchaba a alguien golpear la puerta. Entre ellos discutían si debían abrirla o no. El Dr. Klik desesperado les pedía que no, mientras los golpes se escuchaban cada vez más y la tensión aumentaba. El Dr. Klik era protagonista pero ellos no lo sabían. Hasta que una voz nítida que repetía —¡Abrime! ¡Abrime! lo despertó junto a los golpes que llamaban a la puerta.
Se levantó y abrió.
Por la ventana entraba la luz del alley en rayas horizontales.
En la penumbra del Writer 's room, al final Rynka se confesó, cuando dijo:
—No merezco el galardón. He escrito solo un cuento. Mi obra literaria comprende solo un relato y el premio se lo trago.
Rynka no se sentía escritor, más se sentía un farsante y el Dr. Klik lo era también. Ambos eran un fraude. No había opción y aquella noche se despidieron y prometieron no verse jamás.
Al amanecer, un desvelado Dr. Klik tomó el desayuno en la terraza y luego cruzó la Ocean Drive. El Dr. klik que nunca había visto el mar y ahora lo tenía enfrente, se sintió de buen ánimo para enfrentar la falsa jornada y se relajo haciendo yoga, actividad que nunca practico, pero como es un autodidacta y cree en la improvisación, muchos bañistas comenzaron a imitarlo haciendo la parabólica. Pronto, lo nombraron el gurú de la Ocean Drive. Luego de unas selfies con la fanaticada y con el pretexto de las entrevistas televisivas, se perdió entre la multitud hasta que por alguna razón lo próximo que recuerda, es que compró unas gafas de buzo y un tubo respirador con filtro y GPS en Ross. De mucho no sirvió el localizador porque enseguida se perdió entre alleys y palmeras.
Al acontecimiento asistieron personalidades de la cultura y el arte del Sur de La Florida, filántropos, curiosos y Merlín, que le comentó que muchos no asistieron por temor a que se descubra la farsa. El Dr. Klik estaba nervioso porque le parecía que había pasado bastante tiempo sin que se revele la verdad, pero ¡Qué bien se sentía! Sin dificultad llegó al final leyendo el relato que se trataba de un vendedor de sombreros sin cabeza, bastante original por cierto y acordó íntimamente que el tal Rynka tenía futuro como escritor, pero no para las relaciones públicas. La tarde caía en la ciudad, el evento había sido todo un éxito y entre fotos, abrazos y copas de vino, se despidieron.
Temprano al día siguiente, el taxi llegó pronto a recoger al Dr. Klik, que le dijo adiós a la fantástica estadía en el Betsy con un dejo de nostalgia. Un servicial bellman le ayudó con el equipaje. Agradecido por la hospitalidad, el Dr. Klik le dio unos Patacones que había heredado. Ya en el asiento trasero y mirando por la ventanilla, las noticias en la radio hablaban de un estafador mientras la ciudad ardía como el infierno.

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